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EL VENTILUZ INMOVIL DE LA INFANCIA
Este fué nuestro escenario: mayo dorado, fuego en el cielo fragancia de fogatas y hojas secas pan, manteca y azúcar el tren pinos y edificios, manos levantadas arboledas piedra libre mancha colectivos nubes y gorriones bicicletas, diarios y mendigos mirando el año nuevo.
En nuestros árboles la savia festejaba Su abundancia entre las hojas nuevas.
Teníamos una escenografía de laurel y postigos. Los perros todo el día.
Esta es mi historia: Llegué al mundo en Abril y en mitad de la noche aterrizando en un rincón prometido por la luna y escogido por mis padres. Entré en una casa vieja y amorosa donde había una parra que temprano me robó los ojos, y un patio al sol donde mi abuelo me donó los sueños, su tango su jopo y sus misterios crecí al viento y a la tierra entre mis uñas trepándome a los plátanos y al techo de chapas y de arañas, donde crié unos gatos a los que privó de madre un piedrazo de mi niñez arrepentida.
En las siestas del grito y la tardanza, organicé con mis amigos invasiones
(gloriosas guerras a los potreros de otros barrios de esquinas disputadas, corridas cardos y al ataque) nadie pudo detenernos, aún menos capturarnos. Frente a mi ventana vi pasar al otoño goloso tras unas hojas de caramelo. y por mucho tiempo no supe de otras cosas que no fueran, los ciruelos florecidos, la plaza con sus vértigos de pájaro en la hamaca y descendiendo la alegría por un tobogán, hacia el final de dos brazos y la risa.
(Hasta que un día, mi abuelo pasó a ser sólo una foto sobre una cómoda muy alta)
Y el ventiluz inmóvil de la infancia fué sepultado bajo los inquietantes sucesos de la noche anterior.
SERGIO SCHIAVINI DE SU LIBRO “NOCHE DESCIFRADA” |