SERGIO ANDRÉS SCHIAVINI


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EL ARCÁNGEL DE CARBÓN

(De su libro, Veinte Voces de Buenos Aires)

 

Y un día Señor,

enviaste un Arcángel de carbón

que me robó un ojo y tiznó el hueco

(ausentes para siempre

los paisajes de la infancia).

Y este enviado

atesoró aquella miel de mi mirar

en cofres melodiosos,

como un guardián sereno

atravesado por el viento

y un amanecer en su cabeza.

Este carcelero de mis sueños

amansó el pasado (cada vez más pasado)

con su mirada lenta y amorosa,

y solo a veces, con un beso

consolaba mi órbita tiznada

esa vasija irremediable

que había contenido días de agua y pétalo.

Anduve tuerto por el mundo

casi siempre

sin entender,

con un solo ojo para tanta lágrima derramada

tanto resplandor

tanta humanidad en llamas,

y El

sin embargo sufría al verme.

Y lloraba sobre los cofres custodiados

y su viento crecía

y su amanecer le brillaba en la cabeza

y sus manos de carbón se crispaban de impotencia.

A través de las estaciones

a través de los cielos tormentosos

tanta pena vio en mi rostro

que ató una delicada cadena

entre su pie y el mio.

Una cadena jadeante

con roces de labio y calor de abrazo

Y El fué el aliento de mi búsqueda.

Soberano de mis venas y pestañas.

Ultimo leño de mi hoguera en el invierno.

Cuerpo de mis golpes.

Latido oculto de mi muerte.

Borde de mi herida.

Trueno de mi frente.

Ira inclaudicable de mi pecho.

Amigo fiel de las perdidas guerras.

Una noche,

toda la Tierra dormía

y yo tuve la magia sagrada

en la ingle de una mujer,

un musgo arrebatado

un espumoso muelle

donde amarró la vida

suavemente

como un diamante deslizado de su engarce.

Vi crecer esa prolongación mia

en su vientre clamoroso como un fruto,

.y supe que no precisaba

dos ojos para amar.

El Arcángel,

que había muerto conmigo

que había gritado todas mis angustias

que había cauterizado con remiendos de amor

los jirones de mi alma

abrió

(por primera vez)

los cofres de la infancia,

y pacientemente modeló

con aquella miel divina

un ojo.

Su misión

ahora cumplida

era llevarte ese ojo Señor.

Algo me impulsó a detenerlo

pero no pude

mis pies, libres ya

estaban hundidos para siempre

en el barro del camino.

Antes de partir

el se arrancó uno de sus ojos negros

y lo dispuso en mi hoyo resignado,

y al volverme a mi mujer

la vi despeinada por un viento milagroso,

ella era el yunque donde Tú, Señor,

habías forjado una espada de esperanza

un martillo de un solo ojo.

Ya con su amanecer en el Cenit

el Arcángel tuerto me abandonó

y volvió a Ti

y lloré de amor por él.

(Cuando mi hijo nació

y abrió los ojos

ví la mirada del Arcángel de Carbón).

 

SERGIO ANDRES SCHIAVIN