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EL ARCÁNGEL DE CARBÓN(De su libro, Veinte Voces de Buenos Aires)
Y un día Señor, enviaste un Arcángel de carbón que me robó un ojo y tiznó el hueco (ausentes para siempre los paisajes de la infancia). Y este enviado atesoró aquella miel de mi mirar en cofres melodiosos, como un guardián sereno atravesado por el viento y un amanecer en su cabeza. Este carcelero de mis sueños amansó el pasado (cada vez más pasado) con su mirada lenta y amorosa, y solo a veces, con un beso consolaba mi órbita tiznada esa vasija irremediable que había contenido días de agua y pétalo. Anduve tuerto por el mundo casi siempre sin entender, con un solo ojo para tanta lágrima derramada tanto resplandor tanta humanidad en llamas, y El sin embargo sufría al verme. Y lloraba sobre los cofres custodiados y su viento crecía y su amanecer le brillaba en la cabeza y sus manos de carbón se crispaban de impotencia. A través de las estaciones a través de los cielos tormentosos tanta pena vio en mi rostro que ató una delicada cadena entre su pie y el mio. Una cadena jadeante con roces de labio y calor de abrazo Y El fué el aliento de mi búsqueda. Soberano de mis venas y pestañas. Ultimo leño de mi hoguera en el invierno. Cuerpo de mis golpes. Latido oculto de mi muerte. Borde de mi herida. Trueno de mi frente. Ira inclaudicable de mi pecho. Amigo fiel de las perdidas guerras. Una noche, toda la Tierra dormía y yo tuve la magia sagrada en la ingle de una mujer, un musgo arrebatado un espumoso muelle donde amarró la vida suavemente como un diamante deslizado de su engarce. Vi crecer esa prolongación mia en su vientre clamoroso como un fruto, .y supe que no precisaba dos ojos para amar. El Arcángel, que había muerto conmigo que había gritado todas mis angustias que había cauterizado con remiendos de amor los jirones de mi alma abrió (por primera vez) los cofres de la infancia, y pacientemente modeló con aquella miel divina un ojo. Su misión ahora cumplida era llevarte ese ojo Señor. Algo me impulsó a detenerlo pero no pude mis pies, libres ya estaban hundidos para siempre en el barro del camino. Antes de partir el se arrancó uno de sus ojos negros y lo dispuso en mi hoyo resignado, y al volverme a mi mujer la vi despeinada por un viento milagroso, ella era el yunque donde Tú, Señor, habías forjado una espada de esperanza un martillo de un solo ojo. Ya con su amanecer en el Cenit el Arcángel tuerto me abandonó y volvió a Ti y lloré de amor por él. (Cuando mi hijo nació y abrió los ojos ví la mirada del Arcángel de Carbón).
SERGIO ANDRES SCHIAVIN |